La lucha grecorromana lleva en su nombre el peso de dos civilizaciones. No fue inventada por los griegos ni perfeccionada exclusivamente por los romanos, pero ambas culturas le dieron forma, la elevaron al rango de arte y la convirtieron en uno de los pilares de la educación física del mundo antiguo.
En la Grecia clásica, la palé era la modalidad de lucha que se disputaba en los Juegos Olímpicos, en los Juegos Ístmicos y en los Juegos Nemeos. Las reglas eran simples: ganar tres caídas, es decir, tocar el suelo con la rodilla, la cadera o la espalda. No se golpeaba, no había categorías de peso y el combate podía durar horas. Los mejores luchadores alcanzaban una reputación comparable a la de los generales de guerra.
Roma adoptó la lucha helénica y la adaptó a su propio sistema de valores. Los juegos romanos incorporaron la lucha como espectáculo, y los legionarios la practicaban como parte del entrenamiento físico básico. Cuando el Imperio cayó, la tradición atlética organizada se fragmentó, pero las formas populares de lucha sobrevivieron en las aldeas europeas durante toda la Edad Media, integradas en festivales, mercados y rituales estacionales.
El renacimiento del interés por la cultura clásica, a partir del siglo XV, trajo consigo la revalorización de la lucha como actividad digna de un hombre educado. Los humanistas del Renacimiento citaban a Platón luchador como ejemplo de la unidad entre mente y cuerpo. Los primeros tratados sistemáticos de lucha europea datan de este período: el Ringen, la lucha de agarre alemana, y la lucha italiana producen manuales ilustrados que documentan tomas y posiciones con precisión técnica.
La lucha grecorromana moderna, tal como la conocemos hoy, fue codificada en Francia a finales del siglo XIX. Fue allí donde se establecieron las reglas que definen el estilo: prohibición de agarres por debajo de la cintura, combate de pie con penalización de la pasividad y victorias por puntos o por caída. El nombre mismo, «grecorromana», es una invención francesa del siglo XIX que apela a una herencia clásica para legitimar el deporte codificado.
En 1896, Pierre de Coubertin incluyó la lucha grecorromana en los primeros Juegos Olímpicos modernos de Atenas. Desde entonces, con excepción de los Juegos de 1900, la modalidad ha estado presente en todos los programas olímpicos. Europa ha dominado históricamente la competición: los países escandinavos, la antigua Unión Soviética y los países de Europa del Este acumulan la mayoría de los títulos mundiales y olímpicos del siglo XX.
Hoy, la lucha grecorromana convive con la lucha libre y la lucha libre femenina como las tres modalidades olímpicas de la lucha deportiva. Su historia de más de dos mil quinientos años la convierte en uno de los deportes con mayor continuidad de la humanidad, un vínculo vivo entre el mundo antiguo y los estadios del siglo XXI.